El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Juan 10:10
Dios no nos creó para vivir en miedo, condenación o vacío interior. Jesús no vino al mundo para levantar una religión más, sino para devolvernos la vida que el enemigo quiso robarnos desde el principio.
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, lo hizo movido por amor. Nos diseñó para vivir en comunión con Él, en un ambiente de paz, belleza y propósito. Tú y yo no somos un accidente; somos Su obra maestra, creadas para reflejar Su bondad y Su gloria.
Pero el enemigo quiso romper ese diseño perfecto. Engañó a la humanidad y el pecado abrió puertas al dolor, a la confusión y a la ruptura espiritual. Desde entonces, vemos sus efectos en el mundo; injusticia, violencia, engaño, heridas del alma; porque, como dice la Palabra, su intención siempre ha sido robar, matar y destruir.
Aun así,en medio de nuestra fragilidad y errores, el Padre no nos abandonó. En Su infinito amor, envió a Su Hijo Jesucristo para rescatarnos, perdonarnos y devolvernos aquello que habíamos perdido. la verdadera vida.
“Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16)
Jesús venció al pecado, a la muerte y a toda obra del enemigo. En la cruz pagó el precio que ninguna de nosotras podía pagar por sí misma. No somos salvas por méritos o esfuerzos humanos, sino por Su gracia, Su amor y Su sacrificio perfecto.
Cuando rendimos nuestro corazón a Cristo; el pasado pierde su poder, las cadenas del miedo comienzan a romperse, y el Espíritu Santo trae vida y libertad a nuestro interior.
Y esa vida abundante no es solo promesa para la eternidad, es una obra que Dios empieza aquí y ahora, dentro del corazón que se rinde a Él.
El Espíritu de Dios produce en nosotras frutos de fe, paz, gozo, paciencia, mansedumbre y dominio propio. Nos da sabiduría para caminar con propósito, para cuidar nuestra familia, nuestra salud, nuestras decisiones y todo aquello que forma parte de nuestra vida diaria.
Aunque vivimos tiempos difíciles, donde el enemigo levanta confusión, dolor y engaño, la Palabra nos recuerda que no luchamos solas. Dios nos ha dado Su armadura, Su fuerza y Su victoria.
“Protéjanse con toda la armadura de Dios, para que puedan estar firmes contra los engaños del diablo.” (Efesios 6:11)
Jesús ya venció por ti. En Él no hay condenación, no hay derrota, no hay pasado que te encadene.
En Jesús somos perdonadas, fortalecidas, amadas y más que vencedoras
“Pero en todo esto somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.” (Romanos 8:37)
Hoy el Señor te invita a acercarte a Él con un corazón humilde y sincero. Entrégale tus cargas, tus batallas internas, tus temores, tus heridas; Él desea sanar tu vida, restaurar tu hogar, renovar tu mente y llevarte a experimentar vida en abundancia.
Porque la verdadera plenitud no está en lo que tenemos, sino en quien habita en nosotras. Y cuando Cristo vive en el corazón de una mujer, esa mujer resplandece.



