Cuando Dios nos confronta con amor

A veces Dios nos habla al corazón para mostrarnos aquello que necesitamos corregir. No lo hace para condenarnos, sino para restaurarnos y guiarnos de vuelta a Su presencia. Una invitación a examinarnos con amor y volver al Padre con humildad.

Fe y Crecimiento

Resplandece Mujer

January 27, 2026

Cuando Dios nos confronta con amor

“Lo que sí les ordené fue que me obedecieran; pues así yo sería su Dios y ellos serían mi pueblo. Y les dije que se portaran como yo les había ordenado, para que les fuera bien. Pero no me obedecieron ni me hicieron caso, sino que tercamente se dejaron llevar por las malas inclinaciones de su corazón. En vez de volverse a mí, me dieron la espalda” (Jeremías 7:23.24)

Querida Mujer:

Dios anhela profundamente una relación cercana contigo. No una relación basada solo en rituales o palabras bonitas, sino en un corazón que decide obedecer y caminar de Su mano. Sin embargo, así como ocurrió con el pueblo de Israel, muchas veces también nosotras —sin darnos cuenta— le damos la espalda, siguiendo las inclinaciones de nuestro propio corazón.

Confrontar suele parecernos una palabra dura. La asociamos con discusiones, señalamientos o juicios hacia otros. Y la verdad es que es muy fácil mirar los errores ajenos, convertirnos en jueces y olvidar mirar hacia dentro. Pero en la vida cristiana, la confrontación más necesaria y transformadora es la que hacemos con nosotras mismas, delante de Dios.

El Señor, a través del profeta Jeremías, habló a un pueblo rebelde y terco, que prefirió dioses falsos antes que obedecer al Dios verdadero. Y aunque Dios es amor, también es rectitud y justicia. La desobediencia siempre trae consecuencias, y una de las más dolorosas es sentir que Su presencia se aleja.

Hoy no es diferente. Dios nos dio libre albedrío, la capacidad de decidir. Podemos obedecer o seguir nuestro propio camino. Desde el principio, Él fue claro; la obediencia trae vida, paz y verdadera libertad. Como un Padre amoroso, nos corrige no para castigarnos, sino porque desea lo mejor para nosotras.

Y aun así, muchas veces actuamos como aquel pueblo rebelde. Nos dejamos seducir por nuestros deseos, por las voces de este mundo, por aquello que promete felicidad inmediata pero deja el alma vacía.

La medida para confrontarnos no es la culpa ni la condenación, sino el amor. El amor verdadero que proviene de Dios. Cuando caminamos en ese amor, el Espíritu Santo nos muestra con ternura aquello que no le agrada, no para avergonzarnos, sino para sanarnos.

“Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Juan 4:16)

Somos imperfectas. Aunque Dios nos creó perfectas, el pecado distorsionó esa perfección. Pero Jesús vino a hacer la obra completa en nosotras. A través de Su amor aprendemos a amar, a reconocer nuestras fallas y a volvernos a Dios con un corazón sincero.

La verdadera confrontación ocurre en lo profundo del alma. Allí nace el arrepentimiento genuino. Cuando amamos a Dios de verdad, deseamos agradarle. Sí, luchamos con nuestra carne, somos vulnerables al pecado y enfrentamos batallas internas cada día. Pero también podemos vencer, rechazando todo aquello que sabemos que nos aleja del Señor.

El enemigo no descansa. Constantemente lanza pensamientos, mentiras y distracciones para desviarnos del propósito de Dios. El pecado no siempre es evidente; muchas veces se esconde en lo profundo del corazón. Se disfraza de falsa humildad, de orgullo espiritual, de buenas obras sin amor, de religiosidad vacía, de hipocresía cubierta de amabilidad. Se manifiesta en rencores, chismes, envidias y actitudes que destruyen tanto a otros como a nosotras mismas.

Pero aquí está la buena noticia: Dios no desprecia un corazón contrito y humillado. Todas estamos llamadas a humillarnos delante de Él, a reconocer nuestras faltas y a arrepentirnos sinceramente. Allí encontramos paz, gozo y descanso, aun en medio de las dificultades.

El rey David pecó gravemente, pero su arrepentimiento fue genuino. Su corazón quebrantado tocó el corazón de Dios.

“El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón humillado” (Salmo 51:17)

La Palabra de Dios es clara:

El que encubre su pecado no prosperará; mas el que lo confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13)

Tal vez vemos a personas que parecen estar bien, prosperando materialmente. Pero ese bienestar es solo aparente cuando el alma está vacía y lejos de Dios. El verdadero gozo solo nace del amor que viene de Él.

Todas hemos pecado. Todas estuvimos lejos de la gloria de Dios. Pero Su gracia nos alcanzó.

“Todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23–24)

Hoy somos libres de toda condenación si hemos creído y aceptado el sacrificio de Jesús. Dios nos amó tanto que entregó a Su Hijo para darnos vida eterna. Caminemos, entonces, en esa libertad. Seamos honestas con nosotras mismas. No encubramos el pecado. Llamémoslo por su nombre y deshagamonos de él, en el nombre poderoso de Jesús.

Que nuestra vida refleje un corazón rendido, sensible y dispuesto a obedecer. Y que cada día podamos confrontarnos con amor y volver a los amorosos brazos del Padre

¡Bendiciones!

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