En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados.” — 1 Juan 4:10
Existe un solo amor verdadero, y es el que proviene de Dios. Muchas veces creemos amar profundamente, incluso hasta dar la vida por alguien. Y ciertamente, el ser humano es capaz de grandes sacrificios por quienes ama. Pero hoy vale la pena preguntarnos: ¿estamos amando con el amor que agrada al corazón de Dios?
Cuando Jesús fue interrogado acerca del mandamiento más importante, respondió:
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante de los mandamientos. Y el segundo se parece a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo.” — Mateo 22:37-39
Fuimos creadas por amor y para amar. Nuestro Padre celestial deseaba una relación cercana con nosotras, pero el pecado nos alejó de Él y nos hizo dirigir el corazón hacia otras cosas que ocupan su lugar. Sin embargo, aun cuando le dimos la espalda, Dios no dejó de amarnos.
En su infinita misericordia, abrió un camino para reconciliarnos con Él por medio de Jesús.
“Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” — Juan 3:16
Cuando comenzamos a comprender lo que significa amar verdaderamente a Dios, entendemos también que nuestra vida depende completamente de Él. Entonces nace en nuestro interior el deseo de agradarle, obedecerle y caminar conforme a su voluntad.
Pero para amar así, debemos rendir nuestro orgullo y entregarle el primer lugar en nuestra vida.
Dios desea lo mejor para cada una de nosotras. Él anhela que el propósito por el cual fuimos creadas se cumpla, y que podamos vivir con gozo aun en medio de las pruebas. Porque cuando confiamos en su amor, el temor pierde fuerza. El amor de Dios trae descanso al alma.
Dios ama a todos por igual. Él no hace acepción de personas. Sin embargo, no todos corresponden a ese amor de la manera que Él desea.
Toda relación necesita cercanía, comunión y tiempo compartido. Así también ocurre con nuestro Padre celestial. Él desea una relación viva y profunda con sus hijos. Y para hacerlo posible, envió a Jesús, quien nos reconcilia con el Padre.
Jesús dijo:
“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad.” — Juan 14:15-17
Qué hermoso consuelo saber que no estamos solas. Jesús, al regresar al Padre, nos dejó al Espíritu Santo para fortalecernos, guiarnos, consolarnos y ayudarnos a permanecer firmes en la fe y en el amor.
Es por medio del Espíritu Santo que comienzan a crecer en nosotras los frutos que reflejan el carácter de Cristo: paz, gozo, paciencia, mansedumbre, dominio propio, humildad y fe.
Pero entre todos ellos, el amor ocupa el lugar más alto.
El amor verdadero no es orgulloso, ni egoísta, ni envidioso. El amor no guarda rencor. El amor es bondadoso, paciente y compasivo.
Es fácil amar a quienes nos aman, a quienes nos comprenden o nos hacen sentir bien. Pero Jesús nos llama a ir más allá. Nos enseña a amar incluso a quienes nos han herido, rechazado o traicionado.
Perdonar también es amar.
Cuando bendecimos en lugar de maldecir, cuando respondemos con mansedumbre en lugar de odio, reflejamos el corazón de Cristo. Y es precisamente ese amor diferente el que puede tocar vidas y acercar personas a Dios.
Vivimos en tiempos donde la maldad aumenta y el amor de muchos se enfría. Jesús lo advirtió:
“Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.” — Mateo 24:12-13
Por eso, hoy más que nunca, necesitamos permanecer en el amor de Dios.
No amemos solamente cuando sea fácil. Amemos aun en medio de las diferencias, las heridas y las decepciones. Que nuestras acciones hablen más fuerte que nuestras palabras. Que dondequiera que estemos, podamos llevar luz, bondad y misericordia.
También Jesús dijo que habría división entre quienes lo siguen y quienes rechazan su verdad. Muchas veces eso ocurre incluso dentro de las familias. Pero aun en medio de esas luchas, debemos procurar que en nuestro hogar permanezca el amor verdadero, el amor que viene de Dios y permanece para siempre.
Pidámosle cada día al Espíritu Santo que nos enseñe a amar con el amor de Cristo. Nuestro amor humano es limitado y muchas veces condicionado, pero el amor de Dios es eterno, perfecto e inagotable.
“Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.” — 1 Corintios 13:13
Que nunca dejemos de amar como Él nos amó primero.



