La Palabra de Dios nos enseña que no toda tristeza es igual. Existe una tristeza que proviene de Dios y otra que proviene del mundo. La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte. A veces nos sentimos tan tristes que parece que Dios está lejos, que no nos escucha, que nos ha abandonado. Oramos y no sentimos nada. Buscamos Su voz, pero todo está en silencio. ¿Te ha pasado?
La tristeza que proviene de Dios no es para destruirnos, sino para corregirnos. Es aquella que sentimos cuando hemos contristado al Espíritu Santo, cuando hemos fallado, cuando hemos actuado mal, cuando nuestra fe se ha debilitado o cuando no hemos hecho lo que debíamos hacer. A veces no entendemos por qué nos sentimos así, pero al examinar nuestra vida espiritual, reconocemos que algo dentro de nosotras no está bien, y esa tristeza nos lleva a volver al Padre.
Cuando nos arrepentimos con un corazón sincero, esa tristeza se transforma. Lo que comenzó como incomodidad se convierte en paz, descanso y gozo. “Porque solo un instante dura su enojo, pero toda una vida su bondad. Si por la noche hay llanto, por la mañana habrá gritos de alegría.” (Salmo 30:5)
Pero también existe una tristeza que no edifica ni guía. Es una tristeza que nos lleva al desánimo, a la depresión, a sentirnos sin fuerzas o sin esperanza. Esa tristeza no viene de Dios, y debemos prestarle atención, porque cuando no nos permite ver con claridad y nos paraliza, no podemos quedarnos en ese estado.
La fe no es solo creer, también es actuar. No hacemos obras para ser salvas, pero sí hemos sido capacitadas para vencer, porque Jesús ya venció por nosotras. El Espíritu Santo que habita en nosotras nos guía y nos ayuda, pero también espera que tomemos la decisión de levantarnos.
Todas hemos pasado por momentos de tristeza. Son desiertos que no entendemos, donde todo parece seco y sin sentido. Pero aun en medio de eso, Dios sigue presente. Debes recordar que tienes un enemigo. Satanás vino a robar, matar y destruir lo que Dios ya te ha dado. Quiere quitarte la paz, el gozo y el propósito. Pero Jesús vino a darte vida, y vida en abundancia. En Él todo puede ser restaurado.
Por eso hoy, levántate con Su poder y sal del lugar en el que te encuentras. “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)
Ahora, hay decisiones que puedes tomar para vencer la tristeza, aun cuando no veas nada en este momento:
1. Mantén una relación íntima con Dios. Tienes acceso directo a través de Jesús, quien dio su vida por ti. No solo para salvarte, sino para que vivas una vida plena aquí en la tierra. El Espíritu Santo vive en ti y desea guiarte en cada área de tu vida. Acércate a Dios, aun cuando no sientas nada.
2. Lee, escudriña y pon en práctica la Palabra. La Biblia no es solo para memorizarla o repetirla. La Palabra cobra vida cuando la obedecemos. Muchas frustraciones vienen por falta de entendimiento. Dios nos llama a descubrir sus verdades y vivirlas. Si Él te pide perdonar, debes hacerlo, porque ahí está tu libertad.
3. Examina tu corazón respecto a los demás. Pregúntate cómo está tu corazón hacia otras personas. Tal vez estás herida por algo que te hicieron o te dijeron. Es normal sentir tristeza, pero no puedes quedarte ahí. Perdona, habla si es necesario, y si no hay cambio, suelta y sigue adelante. Si tú fallaste, pide perdón. No te humilla, te libera y agrada a Dios.
4. Trabaja en ti misma. Cuida tu mente, tu cuerpo y tu vida. Muchas veces la tristeza también se alimenta de pensamientos incorrectos sobre nosotras mismas. Recuerda que eres templo del Espíritu Santo. Cuida lo que piensas, lo que consumes, lo que haces. Muévete, aliméntate mejor, cuida tu salud y tu apariencia. No es vanidad, es valorarte como hija de Dios.
5. Disfruta lo que Dios te ha dado. La vida no es solo cargas y responsabilidades. También fue diseñada para disfrutarse. Haz lo que te gusta, comparte con personas que suman, rodéate de cosas que te traigan paz. Disfruta la naturaleza, los momentos sencillos, las bendiciones diarias. Dios también está en esos espacios.
Si hoy estás triste y no sientes a Dios, no significa que Él se ha ido. Él sigue contigo, aun en el silencio, aun en el proceso, aún en el desierto. Resplandecer no es no tener momentos difíciles, es levantarte en medio de ellos con la ayuda de Dios, sanar tu interior y permitir que Su luz vuelva a encender tu vida. Y aunque hoy no lo sientas, vas a volver a resplandecer.



