“Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.” – Mateo 6:34
Los problemas que enfrentamos en la vida existen para ser solucionados. Sin embargo, cuando tratamos de resolverlos por nuestras propias fuerzas, muchas veces no lo logramos; y aun cuando creemos haberlos resuelto, más adelante aparecen consecuencias que nos llevan a nuevos problemas.
Pero cuando los presentamos a Dios con humildad y paciencia, Él nos permite encontrar soluciones que traen verdadera paz a nuestro corazón.
Enfrentamos problemas por diversas causas. A veces son resultado de nuestras malas decisiones, impulsos, afanes o falta de sabiduría, lo que nos lleva a vivir en un círculo de tensiones, enfermedades y rupturas familiares.
Otras veces, los problemas son causados por otras personas; un cónyuge, hijos, amistades, un jefe o quienes forman parte de nuestro entorno diario.
Algunos problemas pueden resolverse con un cambio de actitud, como doblegar el orgullo. Es necesario pedir perdón cuando hemos fallado, y también perdonar cuando otros nos han herido. No es fácil, pero es el único camino para alcanzar la paz en nuestro corazón y en nuestras relaciones.
Si no tenemos una relación genuina con nuestro Padre, y no hemos entendido lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz, quedamos espiritualmente desprovistos para enfrentar las situaciones de la vida.
“Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, autoridades y fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales.” – Efesios 6:12
Todo lo que vivimos en este mundo material tiene un origen espiritual. Somos seres espirituales viviendo en un mundo natural para cumplir el propósito de Dios, y por eso enfrentamos luchas espirituales.
Tenemos un enemigo que nos odia y busca debilitar nuestra fe, nuestro amor y nuestra salvación. Si no estamos cimentados en Jesús, quien es la roca firme, fácilmente podemos ser manipulados y engañados.
El enemigo nos conoce muy bien. Sabe cuáles son nuestras debilidades y ataca precisamente ahí. El campo de batalla es nuestra mente; envía pensamientos como dardos, y si no los discernimos, terminamos creyendo sus mentiras.
Por ejemplo, una persona que busca aparentar o competir con otros en lo material puede llegar a creer que su valor está en lo que posee. Entonces se endeuda, toma decisiones equivocadas, o incluso pasa por encima de otros. El resultado siempre será doloroso, porque el enemigo ha logrado engañar su corazón.
Pero cuando llevamos nuestras cargas a Dios, reflexionamos, nos arrepentimos y comenzamos a vivir en obediencia y orden, los problemas empiezan a resolverse, y aprendemos a caminar conforme al propósito del Señor.
Dios desea lo mejor para nosotros. Nos ama y tiene pensamientos de bien, pero es necesario ser sinceros con nosotros mismos y reconocer cuando hemos hecho las cosas mal.
Todos nos equivocamos. Vivimos en un mundo caído, pero cuando ponemos a Jesús en el centro de nuestra vida, recibimos una paz que sobrepasa todo entendimiento.
Esa paz viene de saber que es Su Espíritu quien nos guía. Eso no significa que no tendremos problemas. Jesús nunca dijo que no habría aflicción, pero sí nos aseguró que Él ya venció por nosotros.
“En este mundo afrontarán aflicciones, pero anímense: yo he vencido al mundo.” – Juan 16:33
Cada día tiene su propio afán. Algunos problemas vienen de mucho tiempo atrás, pero debemos levantarnos con el poder que Jesús nos ha dado.
Es necesario trabajar en aquello que nosotros mismos hemos provocado; arrepentirnos, cambiar de actitud y tomar decisiones correctas.
Y en aquellos aspectos donde hay ataduras o cargas más profundas, debemos examinar nuestra vida, encontrar la raíz y decidir cortar con todo aquello que no proviene de Dios, en el nombre de Jesús.
“El que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aun mayores hará.” – Juan 14:12
No porque sea por nuestra propia fuerza, sino porque Jesús venció, y Su Espíritu vive en nosotros y nos guía.
Es necesario ser constantes en la oración, en el conocimiento de la Palabra y en la dirección del Espíritu Santo. Entender lo que Jesús hizo por nosotros nos lleva a vivir en verdadera libertad.
Cuidemos nuestra mente de pensamientos negativos, culpa, obsesiones, chismes, rechazo o menosprecio. Nuestra lucha no es contra personas, sino contra fuerzas espirituales que buscan debilitarnos.
Pongámonos la armadura de Dios. Seamos valientes en medio de cualquier situación. Cuando enfrentemos problemas que parecen imposibles, recordemos que tenemos un Dios Todopoderoso, y nada puede resistirse a Él.
“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios… y la paz de Dios cuidará sus corazones.” – Filipenses 4:6-7
Resplandece con la luz de Cristo en cada situación que enfrentes.



