“Creí, y por eso hablé. Con ese mismo espíritu de fe, también nosotros creemos y por eso hablamos.” (2 Corintios 4:13)
Creer no es solo aceptar que Dios existe. Creer es descansar en la certeza de que tenemos un Padre todopoderoso y, al mismo tiempo, profundamente amoroso, que cuida de nosotras aun en los momentos más frágiles de la vida.
Dios nos amó tanto que entregó a Su Hijo amado, Jesucristo, para darnos vida eterna junto a Él. Nos dejó Su Palabra como guía, consuelo y verdad, revelando Su amor desde la creación, pero también enseñándonos que existen principios espirituales que rigen nuestra vida. Cuando se ignoran, hay consecuencias; cuando se obedecen, hay vida y libertad.
La Palabra escrita nos presenta a Jesús: verdadero Dios que se hizo hombre para cargar nuestras culpas y pagar el precio de nuestra redención. Fue inspirada por el Espíritu Santo a través de hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, aprendieron a amar profundamente a Dios y a confiar en Él.
Desde tiempos antiguos, el Señor habló por medio de profetas para revelar Su plan perfecto. Incluso en el Antiguo Testamento, Jesús ya estaba anunciado, aunque muchos no lograron reconocerlo. Hoy, sin embargo, vivimos tiempos que Él mismo describió, tiempos donde la fe sería probada y el amor de muchos se enfriaría.
Estamos viviendo días desafiantes. Días donde el alma necesita ser guardada con cuidado. Si no conocemos verdaderamente a Jesús como nuestro Salvador y no caminamos en obediencia a Su verdad, fácilmente podemos perdernos en medio del ruido del mundo. Pero no estamos solas. Jesús prometió que, al irse, enviaría al Espíritu Santo para habitar en nosotras, fortalecernos y guiarnos en todo tiempo.
La fe que Dios nos regala no depende de lo que vemos, sino de lo que creemos. Como hijas de Dios, ya no caminamos por vista, sino por fe. No somos justas por nuestros propios esfuerzos, porque todas estamos en proceso, pero el Padre nos ve justificadas por la obra perfecta de Su Hijo. Eso nos da seguridad, identidad y descanso.
Cuando el amor de Dios es revelado en nuestro corazón, no podemos callarlo. Es imposible recibir tanta gracia y no desear que otras también la conozcan. No somos amadas por méritos, ni por perfección, sino porque Dios ama con un amor eterno, completo y fiel. Él dio todo por nosotras y por toda la humanidad.
Dios no quiere que nadie se pierda. Hay muchos corazones heridos, cansados y vacíos que anhelan conocer la verdad. Hay mujeres que nunca han escuchado el mensaje de esperanza. Y es allí donde nuestra voz cobra sentido: hablamos porque hemos creído.
El amor que Dios ha depositado en nosotras debe manifestarse en compasión, en palabras de vida y en actos de fe. Una palabra dicha a tiempo, una oración sincera, un gesto de amor pueden sembrar esperanza en un corazón abatido.
“Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)
Es tiempo de resplandecer. Levántate con la fuerza que Dios ha puesto dentro de ti. Permite que la luz que habita en tu interior ilumine a otros. Comparte el gozo de la salvación. El Señor se complace en ver a Sus hijas dispuestas a reflejar Su amor.
Y si hoy atraviesas una prueba, recuerda esto: Dios no ha terminado contigo. Él sigue formándote, fortaleciendo tu fe y preparando un testimonio que tocará otros corazones. Lo que hoy duele, mañana será propósito. Lo que hoy te quebranta, mañana te hará resplandecer.



