Muchas veces tenemos luchas internas a causa de no tener claridad sobre nuestra verdadera identidad. Hemos sido llamadas hijas de Dios desde el momento en que rendimos nuestro corazón al Padre, a través de Jesús, Su Hijo amado, quien pagó un precio muy alto por nuestras almas cuando estábamos destituidas de Su gloria a causa de nuestro pecado.
Siendo Dios, se encarnó en María para que, como hombre, cargara con nuestras culpas al dar Su vida por cada una de nosotras y por la humanidad entera.
Fue crucificado, murió y resucitó, y hoy está sentado a la derecha del Padre para interceder por los que le pertenecen y para cuidarnos. No nos dejó solas; nos envió a Su Santo Espíritu para que more dentro de nosotras, nos guíe, nos ayude, nos consuele y nos redarguya de pecado.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Juan 1:12)
Esto es maravilloso, y debemos vivir con un corazón agradecido, obediente y lleno de amor hacia el Padre por haber enviado a Jesús, nuestro Señor y Salvador, para dar Su vida y permitirnos vivir juntamente con Él por la eternidad. Hemos sido redimidas con Su sangre; ya no somos solo Su creación, somos Sus hijas amadas.
“¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a Él.” (1 Juan 3:1)
Jesús venció al enemigo de nuestras almas, a Satanás y a sus demonios; por lo tanto, somos más que vencedoras, no por nuestro mérito, sino por el poder de Su sangre derramada en la cruz para nuestra redención. No somos cualquier cosa: somos hijas de Dios, compradas a un precio muy alto, precio de sangre.
Así que, si en estos momentos te encuentras pasando situaciones difíciles; si te sientes frustrada, disminuida, con luchas internas y externas, con problemas de salud, en tu matrimonio, con tus hijos o en el área financiera, recuerda que eres hija amada, que no estás sola y que eres más que vencedora en toda circunstancia, porque Jesús venció por ti. Pero debes creerlo, caminar en obediencia y dejarte guiar por el Espíritu Santo que mora en ti.
Todos los días enfrentamos luchas en nuestra mente y en el diario vivir, pero es ahí donde debemos mantenernos firmes con la certeza de la fe y derribar todo pensamiento que va en contra de Dios, en nuestra contra y en contra de otros.
El enemigo no descansa ni se conforma con saber que está derrotado; por eso trata de sembrar duda, temor y desobediencia en nosotras. Esa es la manera en que roba las bendiciones en nuestras vidas.
No te dejes engañar. Debes estar atenta y vigilante a esos pensamientos que te confunden y te desaniman, y llenarte de la Palabra de Dios, que es espada de doble filo y corta todo aquello que quiere debilitarnos y hacernos caer.
Ser hija de Dios es tener todos los derechos que el Padre nos da a través de Jesús. Nos ha dado acceso directo a Él, intimidad a través de la oración y la meditación; nos permite desarrollar los frutos del Espíritu, recibir dones para cumplir Su propósito, y ha designado ángeles que nos cuidan y protegen de los ataques de este mundo.
Nos ha dado poder, amor y dominio propio, y también nos bendice en lo material. Él no quiere que nada nos falte. Así como cuida de las aves del campo, nos da alimento, vestido y todo lo necesario para vivir en este mundo. Desea que prosperemos en todo, así como prospera nuestra alma.
“El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.” (Romanos 8:16–17)
Busca con pasión a Jesús. Él te ama y desea completar la obra que comenzó en ti, pero esa decisión depende de ti. Se nos dio libre albedrío para elegir, y la decisión más sabia es vivir como hija de nuestro Padre celestial. No te conformes con conocerlo superficialmente; conócelo en profundidad, porque es en esa relación íntima con Él donde realmente entiendes lo que significa ser hija de Dios.



