No se amolden al mundo actual, sino sean transformadas mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).
La transformación de nuestra vida comienza en la mente. Dios nos llama a un cambio profundo, no superficial. Renovar la mente no es solo pensar positivo, es permitir que la verdad de Dios reemplace todo pensamiento que no proviene de Él.
Jesús vino a dar Su vida por cada una de nosotras. Lo hizo por amor, para perdonarnos, restaurarnos y darnos salvación. A través de Su sacrificio pasamos de ser perdidas a ser hijas amadas, con identidad, propósito y herencia en Él. Su amor y Su gracia nos alcanzaron para que vivamos una vida nueva.
Y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios (Efesios 5:2).
Por medio del sacrificio de Jesús tenemos acceso directo al Padre. Ya no hay barreras. Podemos tener una relación íntima con Dios, donde Él nos revela Su verdad, Su amor y Sus propósitos. Pero para disfrutar plenamente este privilegio, es necesario que nuestra mente sea renovada.
Pues por medio de Él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu (Efesios 2:18).
Renovar la mente implica cambiar nuestra manera de pensar. Significa reconocer que muchas estructuras internas se formaron desde la niñez por enseñanzas equivocadas, experiencias dolorosas, heridas, pecados propios o influencias del sistema del mundo. Todo eso va moldeando pensamientos que no reflejan la verdad de Dios.
Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad (Efesios 4:22–24).
Cuando identificamos pensamientos de derrota, culpa, miedo, inseguridad, fracaso, duda o incluso orgullo, egoísmo y egocentrismo, tenemos la oportunidad de reemplazarlos. Podemos decidir cambiar esos pensamientos por fe, paz, amor, seguridad, valentía y confianza, frutos que se desarrollan cuando damos lugar al Espíritu Santo en nuestra vida.
En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5:22–23).
Dios nos ha dado poder, amor y dominio propio. Estas tres herramientas ya están en nosotras. Depende de cada una activarlas y ponerlas a trabajar para la transformación de nuestra mente y de nuestra vida. No hay excusas. Se requiere determinación, disciplina y diligencia para no dejar la mente a la deriva.
Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7).
Cuando llegan pensamientos en contra de Dios, de nosotras mismas o de los demás, debemos desecharlos de inmediato. Es nuestra responsabilidad reemplazarlos por pensamientos de fe, verdad, amor, paz y confianza. Al hacerlo, permitimos que el Espíritu Santo actúe y nos lleve a una renovación profunda que nos permita vivir en la libertad que Jesús ya nos dio.
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Romanos 8:14).
Dios tiene pensamientos de bien para nosotras y desea que vivamos la vida en abundancia que Jesús vino a darnos. El enemigo vino a robar, matar y destruir, pero Cristo vino a dar vida, y vida en abundancia. Esa vida no es solo espiritual, sino integral; espiritual, emocional, física, familiar y aún material.
El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Juan 10:10).
Dios no se complace en el sufrimiento de Sus hijas. A veces permite las pruebas para que dependamos más de Él, para fortalecer nuestra fe y madurar espiritualmente. Pero aun en medio de la prueba, estamos llamadas a mantener la paz, el amor y el gozo, evitando la amargura y la desesperación.
Sus promesas son eternas y cada una de ellas nos pertenece. Promesas de bendición, sanidad, provisión y restauración familiar. Aún estamos en este mundo para ser portadoras de bendición y reflejar Su gloria a otros.
Porque todas las promesas de Dios son en Él Sí y en Él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios (2 Corintios 1:20).
Vivimos en un mundo cada vez más oscuro, pero es tiempo de que las hijas de Dios se levanten como luz. Somos llamadas a ser instrumentos para la salvación de otros, y eso se logra a través de nuestro testimonio. Si decimos que somos hijas de Dios, pero vivimos igual que quienes no lo conocen, estamos limitando la obra que Dios quiere hacer a través de nosotras.
Así que insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos vacíos como los que no conocen a Dios, pues tienen el entendimiento oscurecido y están alejados de la vida que proviene de Él (Efesios 4:17–18).
Hoy es tiempo de levantarse con valentía, dejar el temor y caminar en la victoria que ya tenemos en Cristo Jesús. Él venció, y por fe los justos vivimos confiando, con un corazón firme y lleno de gozo, sin importar las circunstancias.
Las bendiciones están disponibles; debemos caminar hacia ellas con la certeza de que son nuestras. Cuando permitimos pensamientos negativos, abrimos la puerta al temor y a la derrota. Pero cuando renovamos nuestra mente, vivimos en la autoridad y la libertad que Dios nos dio.
Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario y abunden en toda buena obra (2 Corintios 9:8).
Recuerda, eres hija amada de Dios. Eres más que vencedora en Cristo Jesús. Eres un instrumento poderoso en Sus manos para cumplir Su propósito. Camina erguida, con fe y valentía. No se trata de ti, se trata de Jesús, quien lo hizo todo para darte vida eterna y también una vida plena aquí en la tierra.
Ponte el casco de la salvación y no permitas que ningún dardo del enemigo penetre tu mente.
¡Esfuérzate y sé valiente!



