Sembrando justicia, cosechando amor

Descubre cómo preparar tu corazón como tierra fértil para sembrar justicia, bondad y amor. Reflexiona sobre tus acciones y palabras, y permite que Dios transforme tu vida para que tu cosecha sea siempre bendición.

Fe y Crecimiento

Resplandece Mujer

February 18, 2026

Sembrando justicia, cosechando amor

“Les dije: Siembren ustedes justicia y recojan cosecha de amor. Preparen la tierra para un nuevo cultivo, porque es tiempo de buscar al Señor, hasta que Él venga y traiga lluvia de salvación sobre ustedes. Pero ustedes han cultivado la maldad, han cosechado la injusticia y han comido los frutos de la mentira” (Oseas 12:13).

Cuando pensamos en sembrar, sabemos que no basta con poner la semilla en la tierra. Hay que preparar el terreno, quitar la maleza, remover la tierra y abonarla. Hay que cuidar que reciba agua y luz, para que la semilla crezca y dé fruto. Si descuidamos este proceso, la cosecha será escasa o amarga.

De igual manera, nuestra alma puede ser fértil o árida, dependiendo del cuidado que le demos. Si la cultivamos buscando a Dios, sembrando fe, justicia, bondad, misericordia, paz, gozo y humildad, recogeremos frutos hermosos de amor. Pero si dejamos que crezca la maleza de la duda, el miedo, la soberbia, el resentimiento o la hipocresía, nuestra cosecha será amarga, fruto de haberle dado la espalda al Señor.

En Oseas, Dios dio una advertencia clara a Israel; a pesar de amarlos con ternura, su persistencia en el pecado los separó de Él. Sembraron maldad y cosecharon injusticia. Esta ley de siembra y cosecha no solo aplica en el mundo físico, sino también en el espiritual; lo que sembramos en nuestra alma con palabras y acciones determina lo que recibiremos.

“El malvado recibe una paga engañosa; el que actúa con justicia, recompensa efectiva” (Proverbios 11:18).

Tarde o temprano, la justicia divina se manifiesta. Aquellos que viven en maldad y orgullo, aunque parezca que prosperan, verán sus obras desmoronarse como castillos de arena. Pero quienes aman a Dios, caminan en integridad y confían en Él, recibirán su protección y bendición. La fidelidad a Dios siempre da frutos, aunque pasemos por pruebas difíciles.

“No se engañen ustedes: nadie puede burlarse de Dios. Lo que se siembra, se cosecha. El que siembra para satisfacer sus malos deseos recogerá una cosecha de muerte; el que siembra para satisfacer al Espíritu, del Espíritu recogerá vida eterna” (Gálatas 6:7-8).

Mientras estemos vivos, Dios nos dará la oportunidad de cambiar. Él pide un corazón arrepentido, un clamor sincero por perdón y la decisión de apartarnos de las malas acciones. Entonces, su amor nos transforma y nos lleva a cosechar justicia, paz y amor.

“Y si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla, ora, me busca y deja su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y devolveré la prosperidad a su país”    (2 Crónicas 7:14).

Esta promesa, dada a Israel, sigue vigente hoy. Nos invita a humillarnos, dejar el orgullo y arrepentirnos de todo aquello que nos aleja de Dios. Sin Él, somos como hojas arrastradas por el viento; con Él, todo lo que emprendemos puede prosperar.

El Señor nos recuerda: “Maldito el hombre que aparta de mí su corazón, que pone su confianza en los hombres… Será como la zarza del desierto, que crece entre piedras, en tierra de sal, donde nadie vive” (Jeremías 17:5-13).

Que nuestra confianza esté siempre en Dios, no en el hombre. Él quiere bendecirnos, guiar nuestras decisiones y prosperar todo lo que emprendamos para Su gloria.

“Porque tú, SEÑOR, bendices a los justos; cual escudo los rodeas con tu buena voluntad” (Salmo 5:12).

Hoy es tiempo de mirar nuestro corazón y preguntarnos: ¿qué estoy sembrando? Cada palabra, cada acción y cada decisión son semillas que darán fruto. Que nuestras manos siembren justicia, nuestras palabras bondad y nuestro corazón amor. Y que, sobre todo, nuestra vida esté enraizada en Dios, porque sólo Él puede transformar nuestra tierra interior y derramar sobre nosotros su lluvia de salvación.

Pidámosle perdón por cualquier semilla de maldad que hayamos sembrado y permitamos que transforme nuestro corazón. Que cada semilla que plantemos hoy produzca frutos de fe, paz, gozo y amor. Y que, a través de nuestra oración y ejemplo, nuestro entorno y nuestra nación honren a Dios y reciban su bendición.

Recuerda que lo que hoy sembremos en nuestra alma, será la cosecha que mañana disfrutaremos. Que cada día sea una oportunidad para acercarnos más al Señor, para cultivar lo bueno y dejar que su amor florezca en todo lo que hacemos.

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