En un mundo donde muchas veces el amor se enfría, las palabras de Jesús en Juan 17 nos recuerdan el profundo anhelo de su corazón por cada una de nosotras. Antes de ser entregado para ir a la cruz, Jesús oró al Padre por sus discípulos, pero también pensó en quienes creeríamos en Él a través de su mensaje. Pensó en nosotras. En nuestras luchas, en nuestros momentos de debilidad, en las veces que nos sentiríamos rechazadas por amarle y decidir caminar conforme a su voluntad.
¡Qué inmenso amor el de Jesús! Aun sabiendo el dolor que le esperaba, pidió al Padre que nos protegiera del mal, que permaneciéramos unidas a Él y que viviéramos en la verdad de su palabra. Jesús sabía que vivir para Dios en medio de un mundo que se aleja de Él no sería fácil. Sin embargo, también sabía que nunca estaríamos solas, porque nos dejó al Espíritu Santo, nuestro Consolador y Ayudador fiel.
Es el Espíritu Santo quien nos enseña a amar, perdonar, tener compasión y caminar en unidad. Cuando permanecemos cerca de Jesús, nuestro corazón cambia. Dejamos de vivir guiadas por el orgullo, la crítica o las apariencias espirituales, y comenzamos a reflejar el amor genuino del Padre. Porque no se trata solamente de cumplir con una religión o seguir costumbres externas; se trata de tener una relación íntima y verdadera con Jesús.
Muchas veces creemos que conocemos a Dios solo por lo que hemos escuchado o aprendido de otros, pero Jesús mismo dijo: “Tu palabra es la verdad”. Solamente a través de su palabra podemos conocer realmente quién es Él, entender su voluntad y fortalecer nuestra fe. Cuando una mujer permanece en la presencia de Dios y profundiza en su palabra, sus raíces se vuelven firmes. Entonces, aunque lleguen tormentas, pruebas o momentos difíciles, no será derribada fácilmente, porque su vida está cimentada sobre la verdad.
Jesús nos llama a permanecer unidas a Él. Nos invita a buscarle sinceramente, no solo cuando necesitamos algo, sino cada día. Él desea caminar con nosotras, sanar nuestras heridas, guiarnos en nuestras decisiones y llenarnos de una paz que el mundo no puede ofrecer. Pero para escuchar su voz, necesitamos detenernos, buscarle y rendir nuestro corazón completamente.
Cuántas veces intentamos seguir adelante con nuestras propias fuerzas y terminamos cansadas, heridas o confundidas. Sin embargo, cuando permitimos que Jesús tome el control de nuestra vida, comenzamos a entender que su voluntad siempre es buena, aunque muchas veces no comprendamos el proceso. Él conoce nuestro propósito y sabe exactamente lo que necesitamos.
Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No hay otro camino que pueda llenar verdaderamente el vacío del alma. Nada de este mundo puede saciar la sed profunda del corazón como lo hace su presencia. Él es el agua viva que trae descanso, esperanza y vida eterna.
Hoy el Señor sigue llamándonos a permanecer en Él, a buscar una intimidad más profunda y a vivir reflejando su amor. Como mujeres, hemos sido llamadas a amar, a perdonar, a levantar a otras y a mostrar a Jesús con nuestra manera de vivir. Cuando permanecemos unidas a Él, su amor se manifiesta en nosotras y quienes nos rodean pueden ver la luz de Cristo.
Pidámosle al Señor que nos dé hambre y sed de su presencia, deseo de conocer más su palabra y un corazón dispuesto a obedecerle. Que nuestra vida refleje a Jesús en medio de un mundo necesitado de esperanza y amor verdadero.
¡Que el Señor bendiga profundamente sus vidas y las acerque cada día más a su corazón!



