«Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas». Engañoso es el encanto y pasajera la belleza; la mujer que teme al SEÑOR es digna de alabanza. Proverbios 31:29-30
Hemos tenido un concepto errado de lo que realmente es la belleza. Los estándares que el mundo ha establecido sobre la belleza de la mujer han ido cambiando según la época, y muchas mujeres, para ser aceptadas y valoradas, han hecho todo lo que se les ha impuesto.
No es malo cuidar la apariencia física. Es importante cuidar nuestro cuerpo tanto por dentro como por fuera, pues somos templo del Espíritu Santo y, por lo tanto, debemos honrarlo y cuidarlo. Dios lo creó con amor para que porte nuestro espíritu y nuestra alma.
Debemos alimentarnos saludablemente, hacer ejercicio, cuidar nuestra piel y nuestro cabello con dedicación, para tener una apariencia sana y agradable, sentirnos fuertes y seguras en cualquier etapa de la vida. También debemos cuidar nuestra manera de vestir y conducirnos con amabilidad hacia los demás. Llevamos la gloria de Dios dentro de nosotras, y debemos honrarla.
Pero eso no es lo más importante. Lo primero que debemos trabajar es nuestra alma. Tarde o temprano la belleza física se desvanece; por mucho cuidado que se le dé al cuerpo, este envejece. Sin embargo, el alma permanece dentro de nosotras, y es esa belleza interior la que Dios contempla y en la que se complace.
También podemos alcanzar muchos triunfos y logros que nos hagan sentir importantes y realizadas, pero aun eso es efímero. Cuando un alma está alejada de Dios, puede haber belleza física y éxito en todas las áreas de la vida, pero siempre existirá un vacío que solo Dios puede llenar.
Y si ese vacío se llena de frustración, orgullo, amargura, resentimiento u odio, la belleza física termina siendo opacada por lo que transmite el alma. Por el contrario, una mujer que ha puesto su vida en Dios, aunque no posea una gran belleza física, irradia algo maravilloso que cautiva. Muchos se preguntan qué es lo que tiene. Lo que posee es la gracia de Dios sobre ella, Su unción. Así como Sara, que aun siendo anciana seguía cautivando, no por lo externo, sino por la belleza de su corazón.
Proverbios 31:30 es muy claro y habla específicamente a la mujer. Cuando el corazón de una mujer está rendido al Señor, cuando Él ocupa el primer lugar en su vida y ella depende de Él en todo, entonces comienza a florecer la verdadera belleza interior, aquella que agrada a Dios y se refleja en los demás.
Esta belleza nace de la intimidad con el Espíritu Santo, quien produce el fruto del amor, la paz, el gozo y la paciencia aun en medio de las circunstancias difíciles. Es entonces cuando una mujer, aunque atraviese una tormenta, mantiene la calma y la fe fortalecida, porque ha puesto plenamente su confianza en Jesús, quien vino a dar vida, y vida en abundancia, a quienes realmente lo aman.
Una mujer alejada de Dios puede ser hermosa físicamente, pero no irradia luz. Se vuelve necia, y la mujer necia destruye su vida y la de quienes la rodean. Pero la mujer que teme a Dios se vuelve sabia, porque el Espíritu de Dios reposa sobre ella.
Temer a Dios no significa tener miedo; significa honra, obediencia y amor. Es desear hacer lo correcto delante de Él. Pero no podemos lograrlo con nuestras propias fuerzas, sino únicamente a través del Espíritu Santo, quien es nuestro ayudador. Jesús no nos dejó solas; Él sabía que, como humanas, no podríamos sostenernos por nosotras mismas. Por eso nos dejó al maravilloso y poderoso Espíritu Santo, que nos guía y nos susurra cuando estamos a punto de desviarnos.
En este tiempo en el que vivimos, se le da demasiada importancia a la apariencia. No permitas caer en esa trampa. No vivas una vida vana, basada solo en apariencias para agradar al mundo. Cuida tu cuerpo, arréglate y ponte bonita, pero enfócate principalmente en rendir tu alma a Dios, en tener una relación íntima con Él y conocerlo verdaderamente.
Permite que Él te guíe, te revele Su amor y te transforme en la maravillosa hija que quiere que seas.
Ámalo, desarrolla los frutos del Espíritu y resplandece en medio de cualquier circunstancia que te toque vivir. Porque ya no depende de ti, sino de Jesús, quien dio Su vida por ti en la cruz para regalarte vida eterna y también para que, aquí en la tierra, disfrutes de las promesas reveladas en Su Palabra.



